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martes, 10 de junio de 2008

PERALEJOS DE LAS TRUCHAS

Hemos pasado el fin de semana en Pera. Pesca, frío, aguas limpias. El Tajo rebosante de agua. El "tiro" de la corriente, fuerte. Insectos, pocos: alguna mosca de las piedras, alguna efimerilla, algún tricóptero. Actividad de las truchas, escasa, por decir algo. Hasta los pájaros callaban. Pocos cantos. Parece que la vida se mostraba tan sorprendida como nosotros en este mes de junio, lluvioso y fresco. Con todo pude clavar tres truchas bastante buenas, la mayor de unos cuarenta cms. El chico también pescó. El domingo estuve viéndolo. Pesca con detenimiento. Todos los rincones, insiste. Es difícil mantener la deriva de la mosca sin que rasgue la superficie. Algunas truchas suben, pero rechazan al final. Sin embargo estar en esas aguas... No se ven truchas desde el puente del Martinete: mala señal. El viento molesta. El frío dentro del agua se mete hasta mis huesos. Una gran perla se arrastra por la superficie. Increíble la cantidad de verdes en la vegetación. La tía Pura sigue igual. No pasa el tiempo. La humedad del ambiente le va mal a su "atrosis". El hombro, siempre el hombro, el derecho. Tenemos pisto de calabacín, judías blancas con chorizo, albóndigas en salsa, sopa de cocido, trucha escabechada... y setas que distribuye por aquí y por allá en todos los guisos. ¿Un café? -Ya sabes, poco café que está muy fuerte. El tío Mariano me cuenta su vida mientras esperamos: yo que deje de llover, él que abran el bar del jubilado. Pasan las grajillas a su dormidero. "Si no abren a las cinco y media me voy pa casa". ¿Qué has puesto? -Un tricóptero de los que se ven bien. ¡Ya está! La línea se tensa y rápidamente se hunde desde la corriente al pozo.
- ¡Creo que es buena!
No la dejo meterse en la orilla. Una rápida carrera y ahora la tengo seis metros aguas abajo. No da la cara, sigue queriendo lo profundo. La punta de la caña quiere tocar el agua. No me queda más remedio que ceder. Temo por el hilo. Poco después, el primer chapoteo y otra vez abajo. Pero ya no tiene los bríos primeros. Con suavidad la voy acercando y venzo sus últimas carreras. Fernando la mete en la sacadera. Desprendo la mosca suavemente. Y la dejamos marchar. Todavía potente y rápida desaparece en lo más hondo. Desde arriba veo el pueblo. Las nubes muy bajas ocultan lo más alto de las peñas. Una pareja de tarabillas se posa en la aliaga. Oculto en el tupido rosal, un macho de curruca mirlona despide la jornada. Los perros ululan allí abajo. Tal vez han olido al ciervo que pace tranquilo al lado del caserío.












Entre nube y nube la luz nos da algún regalo como éste en el Molino




A veces las cosas no salen como uno quisiera, pero...




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