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O EN ESTE OTRO

viernes, 29 de febrero de 2008

OTRO TORO


36 x51

Es una última pintura de uno de los animales que más me han impresionado desde que era pequeño y la feria de ganado se aposentaba justito al lado de donde vivía. Tendría unos ocho años cuando quise torear con mi jersey a un novillo que estaba atado. El novillo no era más que un vulgar animal de tiro o de carne, pero negro. Alguien me vio, la señora Ana, valenciana ella, y avisó a mi padre, que me llevó a casa dándome unos azotes. Sucedió pues, que sufrí los empellones de una mano en vez de los de la testuz de un bóvido. Sin embargo cuántas tardes jugamos a los toros todos los chicos del barrio. A mí, mi abuelo, con quien vi novilladas en Almazán, me regaló un juego de montera, muleta y capa. Los que hacían de toros (he de decir aquí que había una lógica alternancia), convenientemente enchiquerados en las leñeras, eran fieros y no se caían cuando salían de su encierro voluntario. La suerte suprema consistía en introducir el "estoque" -un palo- por el hueco entre el brazo y el cuerpo a la altura del sobaco. También tuve toreritos de plástico, picadores etc. Pasé buenos ratos organizando las corridas encima de la mesa. Hoy soy aficionado a este espectáculo que enraíza en cierta veneración de los pueblos mediterráneos hacia el toro y en la gloria por vencerlo y en el peligro y la muerte: un sacrificio que se mantiene. Es el último rito con verdad -cuando el toro lo es y no un novillo de feria de ganado- junto con la misa -otro sacrificio escenificado. Morir con "el orgullo en el asta" contiene en sí mismo lo que en el fondo querríamos para nosotros, no como vulgares bueyes castrados. Por eso, ¡malditos los que adulteran el rito, los que afeitan, los que torean con el piquito!
El domingo, si se puede, bajaré a Calahorra a ver la corrida de Hermanos Martínez Pedrés. Ya contaré...

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