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miércoles, 16 de enero de 2008

EL TRUEQUE

Andarríos bastardo. Colección particular

El caso es que antes de que se inventase el dinero la gente ofrecía lo que tenía a otras gentes que, a su vez, disponían de algo apetecible para los primeros. Si se llegaba a un acuerdo, intercambiaban sus mercancías u otro tipo de bienes, chocaban los cinco y a otra cosa, mariposa.
Los de mi generación, cuando infantes, vivimos en una época de carencias materiales, pero en una época de abundancia de imaginación, y lo de cambiar cosas estaba a la orden del día. Entre los cachivaches que se podían encontrar en nuestros abarrotados bolsillos figuraban: cromos de los chicles, cromos de futbolistas, cromos del chocolate "Hueso", soldados del detergente "Omo", chapas de las botellas de cerveza o similares, las mismas chapas aplastadas por el tren en la vía, bolas que sacábamos de las botellas de anís "Castellana" -y de las que guardo tremenda cicatriz en la muñeca-, la pitona, las canicas, pizorra a la que, raspando, dábamos forma de barca y a la que con la navaja -que también andaba por el bolsillo y con la que jugábamos al "hinque"- abríamos unos huecos para que sobresalieran los asientos... En fin, que no nos faltaba de nada.
Más tarde se adueñó de nosotros la idea -una idea fija- del dinero. El dinero es eso tan necesario y tan inconveniente a la vez. Y el dinero sustituyó a las discusiones sobre el precio de las cosas de los bolsillos. Dejamos de ser tratantes de las cosas de los bolsillos y nos convertimos en pagadores de precios establecidos. Nos dimos cuenta -con suma tristeza- que todo necio confunde valor y precio, y comprobamos asqueados cómo lo de más valor -el agua, la tierra, la amistad, la compasión, el cariño...- no valía casi nada y el que poseía estas cosas, tampoco. Y, al contrario, el rico con engaño, el político corrupto con influencias, el despiadado al que se temía, el violento (el violento sutil, evidentemente) eran muy, pero muy valorados.
Casualmente, el amigo Siro, puso a nuestra disposición sus ricas mieles, fruto de la tierra y del trabajo, tanto propio, como de las abejitas, paradigmas del trabajo duro. Entonces pude hacer un trueque con él y le cambié mi pintura por unos tarros de miel. Esta miel, lectores, me sabe a gloria y saboreándola lentamente en mi boca, me traslada a aquellos tiempos en los que un cromo podía valer diez chapas "de las buenas".

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